viernes, 3 de noviembre de 2017

Lascas

Gasterópodo II


Nietzsche pensaba que es imposible –o al menos falaz o superfluo– postular la existencia de cualquier objeto. “Un objeto, para Nietzsche”, explica Alexander Nehamas en su libro Nietzsche, la vida como literatura, “no es una sustancia permanente que subyace a sus características. Es, simplemente, un entramado de situaciones con el que otras pueden ser compatibles o armónicas; al que otras pueden incluso dañar; y al que otras pueden ayudar, o favorecer”.
     Ahora bien, quizá más importante que lo anterior, es necesario entender que los entramados de situaciones –es decir los objetos– no son esenciales: las cosas no mantienen relaciones por sí mismas; se entrelazan –mejor dicho: parecen entrelazarse– gracias al proceso interpretativo de quienes las observan. Y todos saben que los procesos interpretativos están siempre determinados por puntos de vista que incorporan intereses, necesidades y valores particulares.
     Aclaro lo anterior para evitar malentendidos y poder enunciar lo que, para mí, es un gasterópodo. Un gasterópodo es un entramado de situaciones que me ponen frente al símbolo del paraíso perdido. Calcárea huella helicoidal de un momento en que creí que la precariedad no existía o, al menos, de un momento en que no la percibí. O: huella de cuando supe que la tragedia sobrevuela sin descanso el cielo pero aún no me rozaba su tenebrosa ala.

Algún día narraré el entramado de situaciones que, acomodado por mi proceso interpretativo, me llevó a esa definición

Libros que cambian
Recuerdo una novela, Hocus Pocus, de Kurt Vonnegut, donde la presentación en primera persona del protagonista da varios giros de 180 grados antes de acabar el primer capítulo, lo cual produce un efecto de desconcierto y riesgo exquisito. Digo recuerdo porque de no estar refugiado en la enloquecida casa familiar, escribiendo sobre un burro de planchar que me sirve de escritorio, iría a mi librero, consultaría a Vonnegut y me aseguraría de citar los ejemplos correspondientes. Pero no puedo porque mi departamento está en riesgo de demolición tras el terremoto y, por si fuera poco, me veo obligado a hacer labores de enfermero porque mi madre se encuentra grave, gravísimamente enferma en la habitación de al lado. Así que forzosamente permanezco aquí, equivocando mis recuerdos y pensando que, ahora más que nunca, escribir equivale a planchar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Tarea de mayordomo y no de literato, cosa que le va bien a mi nueva labor de enfermero. Procedo, entonces, a alisar pliegues y a explicar que fue a raíz de la lectura de Mac y su contratiempo, nueva novela de Enrique Vila-Matas, que intenté recordar libros que, como Hocus Pocus, cambien y retuerzan su mecanismo interno produciendo un efecto de desconcierto, riesgo exquisito y avance sin tregua.

Me gustan los libros que cambian y retuercen su mecanismo interno.


Vila-Matas y la vestimenta

Escribir equivale a alisar las arrugadas prendas del ropero de la mente. Eso me parece que hace Vila-Matas, a quien siempre me he imaginado en su estudio, sacando libros del librero como si descolgara camisas.   

Simple diarista

Pasa de simple diarista desocupado a detective de barrio, marido celoso, falso reportero, crítico literario, fantasma de sí mismo, intermediario entre el mundo pulcro de la gente con casa y la conjura de vagabundos que amenaza con apoderarse de la ciudad.

martes, 24 de octubre de 2017

Gasterópodo III

Yo vivo –o vivía antes del sismo del 19 de septiembre de 2017: no sé en qué tiempo debo conjugar– en la Unidad Habitacional Tlalpan. Mi edificio es el 3 A y mi departamento el 420, lo cual hacía que los amigos gastaran ciertas bromas porque, se sabe, el término “cuatro veinte” sirve para referirse al consumo de cannabis: el veinte de abril se celebra el día mundial de la mariguana y se ha estipulado a las 16:20 horas como la hora del té de los pachecos.
Con mi hermano yo vivo –o vivía– en ese lugar equivalente al paraíso. Pero semanas antes del sismo, mi madre fue diagnosticada con cáncer gástrico y, para cuidarla, nos mudamos temporalmente –eso creímos– con una tía cuyo departamento tiene elevador y está ubicado cerca del hospital. Ahí estábamos cuando la tierra tembló. Un par de horas después nos enteramos que el edificio 1 C de nuestro multifamiliar había colapsado. Dejamos a mamá al cuidado de la familia y, en la motocicleta de mi hermano, fuimos a ver lo sucedido. La ciudad era un desastre: construcciones caídas, transportes cancelados, columnas de humo, telecomunicaciones inservibles, ríos de personas que, caminando kilómetros, se dirigían a sus casas mientras en sus cabezas latían las peores incertidumbres.

Esa noche cargamos escombros en el edificio 1 C hasta las dos de la mañana, cuando regresamos a ver a mamá, cuyos dolores aumentaban en la misma medida que, afuera, crecían el número de muertos y la organización ciudadana. Al día siguiente supimos que Juliancito y su hermana Jéssica habían muerto en las ruinas. A sus padres, Nayeli y Nacho, los conocimos años atrás, en los cotorreos vecinales. Juliancito era el líder de su pandilla infantil, una bola de niños que jugaban hasta muy noche en los pasillos del multifamiliar. Era la hora del puesto de pan, de las tostadas, de los tacos de doña Irma y su hijo El Emo, de las tienditas de abarrotes llenas de gente comprando huevos, jamón, leche. Mi hermano, con su aspecto de sujeto rudo, llegaba del trabajo y Juliancito lo saludaba: qué onda Oso, ¿me das una vuelta en tu moto? Él, pese a su cansancio, lo subía y lo paseaba alrededor de la cuadra. Tres semanas después del terremoto doña Paty, abuela de Julián, me preguntó por mi hermano: era el ídolo de mi nieto, me dijo.
A veces, al departamento 420 invitábamos­ amigos. Se fumaba, se bebía cerveza y se preparaba de cenar. De ahí la broma del cuatro veinte. Mi madre, dueña de la casa, nos visitaba sólo el fin de semana, así que era nuestro departamento de solteros. No lo sabíamos, pero vivíamos en el paraíso, lugar donde, tras una jornada de trabajo, bastaba apretar un botón para sentarse a ver Youtube en el sillón rojo que compramos a meses sin intereses en una tienda departamental. Sin darnos cuenta habitábamos un paraíso donde, en macetas, crecían las plantas de aguacate y de mamey y donde, sobre las repisas, yo acumulaba libros adquiridos con paciencia de hormiga.
Fue en la banqueta de ese paraíso donde un día vi el cadáver de un gasterópodo que me hizo pensar en lo abrupto de la muerte. Y fue a una cuadra de ahí, en el parque Cerro San Antonio, cuando una mañana húmeda, poco antes de la enfermedad de mi madre y del sismo, me encontré con una familia joven y muy humilde que recolectaba caracoles. La madre, una mujer delgadísima, coordinaba a sus pequeños. Ellos, espigadores de jardín público, se agachaban sobre las plantas mojadas, se manchaban de lodo y, como niños que eran, se divertían, o al menos eso me pareció. Le pregunté a la mujer para qué querían los caracoles. Para comerlos, respondió sonriendo. Con cebolla, tomate, chile y tortillas.
Me pareció interesante porque por esos días me había dedicado a recolectar aguacates en la colonia Juárez, sitio donde se encuentra la Fundación que me becó durante dos años. Un amigo había descubierto que algunas de las calles de la colonia están llenas de esos árboles. Cuando comprobó que dan frutos, desarrolló un sistema equipado con sensores de temperatura para controlar y acelerar la germinación de semillas, meta que ha logrado en un tiempo récord de siete días. Quiere hacerlas crecer en su departamento para luego trasplantarlas en camellones y parques de la ciudad. Un futuro de guacamole público, dice.
Durante varios días –también espigadores urbanos–  trepamos a los árboles y llenamos las mochilas. Los transeúntes nos veían asombrados y, en ocasiones, horrorizados. Algunos piensan que el suelo y la lluvia de la ciudad se volvieron desde hace muchos años tóxicos y que nada de lo que crece aquí debería comerse: eso fue posible sólo en tiempos pasados, dicen. Se cree que el paraíso fue un lugar irrecuperable donde bastaba alargar la mano para encontrar el sustento. Donde era posible llegar, tumbarse en el sillón y descansar.
Han pasado un mes y cinco días, pero nadie puede vivir aún en el multifamiliar. Mi madre sufre en este momento los síntomas de la segunda quimioterapia, además de los dolores ocasionados por el tumor. Vivimos temporalmente en casa de la tía Laura, en la colonia Narvarte, a pocos metros del Viaducto y a quince minutos en automóvil del Hospital General. Entre las escasas pertenencias que he podido sacar del departamento 420 se encuentra la planta de mamey.

lunes, 5 de octubre de 2015

Apuntes mazatlecos

(Texto publicado en Este país)

Yo en la playa Olas Altas de Mazatlán (foto de mi compa el Pechán)

Las tardes pasadas en las playas de Mazatlán son, para mí, gruesos granos de arena que se cuelan en la memoria y con paso del tiempo (oscura y rumiante meditación de ostra, encallecimiento nostálgico de la mirada) se convierten en perlas que anidan en las concavidades del alma. Mi niñez y mi adolescencia son dos cofres rebosantes de esas perlas. Son tantas las que tengo –su oriente aún no se empaña– que no sé qué hacer con ellas: vacilo entre atesorarlas en soledad, usarlas para fabricar cursi bisutería literaria, arrojarlas a los muladares del presente o convertirlas en las cuentas añejadas del rosario que he de sobar incansablemente en la vejez.

***

(Advertencia: spoiler). Hace unos meses fui a ver a un teatro de la UNAM Melville en Mazatlán, obra escrita por Vicente Quirarte y dirigida por Eduardo Ruiz Saviñón. El fracaso y el desaliento contrapuestos a las gloriosas ambiciones que se engendran en el corazón de quien decide consagrar su vida al ejercicio a veces ingrato de la literatura están ahí encarnados en la figura de Herman Melville, quien en la obra de Quirarte tiene un encuentro borgiano consigo mismo: el Melville joven, entusiasta aspirante a novelista, se topa en un muelle de Nueva York con el Melville viejo, quien pese a haber escrito algunos de los textos cumbres de la literatura occidental, vive en la oscuridad, minado acremente por la tragedia personal y la incomprensión del mundo. Por sí solo, esto hubiera bastado para conmoverme (tengo una debilidad sentimental por la biografía y la obra de Melville), pero el argumento de Quirarte, representado por los actores Arturo Ríos y Pedro de Tavira Egurrola, me tenía preparado un detalle mazatleco y monstruoso que me estremeció:
            El joven Melville narra uno de sus viajes como marinero. Cuenta que en una ocasión, proveniente del sur y con rumbo hacia California, el barco en el que iba se detuvo frente a las costas de Mazatlán para esperar un cargamento de oro. Este evento ocurrió en la década de 1840, cuando el auge minero de la sierra sinaloense transformó a Mazatlán de un territorio inhóspito y casi inhabitable por falta de agua potable a un enclave privilegiado y floreciente para el contrabando. Mientras esperaban instrucciones para desembarcar, unos heraldos del puerto avisaron al capitán que tendría que esperar porque el oro no estaba listo aún. Con el barco anclado no lejos de la costa, la tripulación se resignó a ver desde la borda la pequeña ciudad, todos frenados por la orden tajante de que nadie desembarcara: los oficiales sabían que los trabajadores, desesperados por llevar semanas o meses en altamar, aprovecharían cualquier oportunidad para desertar si tocaban tierra.
Pero era miércoles de ceniza y unos marineros irlandeses suplicaron que les permitieran bajar para ir a la iglesia, permiso que, después de muchos ruegos, les fue otorgado con la condición de que regresaran al atardecer en una lancha que iría por ellos a la playa. Entre los irlandeses logró colarse Melville, que desembarcó en la arena mazatleca de la Bahía de San Félix (hoy Playa Norte), justo donde yo pasé, dada la cercanía de la casa de mis abuelos, innumerables tardes de mi infancia jugando entre las vísceras rojísimas y pestilentes que los pescadores arrojaban a los pelícanos cuando limpiaban el pescado. Aunque no lo dice el actor de la obra en su parlamento, es obvio que Melville caminó o avanzó en una carreta por la calle principal (hoy Belisario Domínguez) y llegó al corazón comercial del puerto.
               Pese a ser muy creyente, no fue a la iglesia y, por el contrario, se dedicó a conocer la ciudad, cuyo singular nombre de origen prehispánico lo atrapó desde el comienzo con una especie de embrujo fonético: “Ma-za-tlán”, repite una y otra vez, entusiasmado, el joven Melville ante los espectadores del teatro. Cuenta que con el dinero que llevaba, comió mariscos, pescados, visitó cantinas, bebió mezcal y entró a toda clase de tugurios concurridos por gente de baja estofa: gambusinos, cuchilleros, nigromantes, marineros pendencieros y prostitutas chimuelas. Más tarde, acompañado de un escocés que conoció ahí mismo, recorrió, sin importarle que había llegado la hora de regresar al barco, el paseo de Olas Altas y el agreste Cerro del Vigía, desde cuya cima contempló, a la luz de la luna que se reflejaba, plateada, sobre el mar, los dos islotes de piedra blanca (su extraño color polar se debe al milenario guano de las aves que los sobrevuelan) que emergen, colosales e intemporales, como fieros leviatanes calcificados frente a la ciudad pecadora. Fue en ese momento cuando Melville, impactado por el paisaje, tuvo una revelación, un relámpago mefistofélico que anidó en su pecho y lo marcó con el hierro candente de la obsesión, sí, la obsesión (él mismo fue su personaje Ahab) de escribir una novela sobre una ballena blanca tan monstruosa y titánica como los islotes que, ahí en Mazatlán, vio esa noche de juerga. Así surgió, entre las olas, el germen de Moby Dick. A la mañana siguiente, con una resaca tremenda, corrió hacia la Bahía de San Félix y comprobó, para su alivio, que los marineros irlandeses tampoco habían regresado a la hora convenida por el capitán. Para su buena suerte, la lancha del barco los esperaba aún. Todos los que desembarcaron habían pasado una noche tan estupenda que a nadie le importó los castigos y reprimendas que los esperaban en el barco.
            La estancia de Melville en Mazatlán no está documentada y pertenece más bien al ámbito de la leyenda, pero ¿alguna vez ha importado la veracidad del relato? Si Moby Dick es una deidad terrible e infernal ante la cual solo es posible postrarse reverente o lanzarse en su contra con ánimo deicida, para mí el argumento obviamente ficticio de Quirarte se ha convertido en un mito fundacional, una teogonía que suscribo como principio de fe.
El placer extático de ser coterráneo de un monstruo.


***

Antes de conocer la obra de Witold Gombrowicz, pensaba que jamás volvería a vivir en Mazatlán porque su clima tropical de temperaturas elevadas y humedad sudorosa dilata los poros de mi piel, hace eclosionar los barros y las espinillas en mi rostro. Si viviera en Mazatlán –solía pensar–, regresaría a la adolescencia cutánea –mi acné en esos años fue severo– y eso me provocaría una angustia y un horror insoportables, espantosamente similares a los que viví en la secundaria y en la preparatoria, época de ansiedad, deseos insatisfechos, vergüenzas inexplicables e insuficiencia general y crónica.
            Hoy pienso diferente gracias al iluminador Gombrowicz, que reivindica la adolescencia como el estado perfecto de la humanidad, como una edad indeterminada, indecisa y balbuceante (“el balbuceo de Gombrowicz está siempre cerca de la afasia […] Gombrowicz trabaja sobre la afasia como condición del estilo”, dice Ricardo Piglia) que huye por convicción de los anquilosamientos rancios de la madurez. Por supuesto, Gombrowicz tenía una propuesta estética y filosófica para esto: una estrategia intelectual que permite traducir la angustia y la indeterminación adolescentes en un estilo real para el arte y la vida.
            Aquí un sueño que espero cumplir pronto: abandonar la Ciudad de México y mudarme a Mazatlán en los meses más cálidos del año, instalarme en una de las pequeñas casas de los suburbios mazatlecos donde pasé mi pobre adolescencia y leer los diarios y las novelas de Gombrowicz. Rodearme, como Witold lo hizo en Argentina, de jovencitos ignorantes, platicar con ellos, sumergirme de nuevo en lo más profundo de la adolescencia porteña mientras compruebo en el espejo que mi cara se cubre de acné y mi estilo literario comienza a cambiar, a perder los rasgos adultos que he ido aprendiendo en estos últimos años de profesionalización. Adquirir el acné como esos personajes de José Revueltas que se contagian adrede de sífilis: por convicción, como acto de protesta política –literaria.

Yo viví mi adolescencia en un fraccionamiento de los suburbios mazatlecos llamado La Campiña. Esta foto es de un asesinato ocurrido en dicho fraccionamiento, a unos metros de mi antigua casa. Puede verse el tipo de inmueble de interés social donde vivía.

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Todas las novelas (menos La casa de las lobas, ubicada en Pompeya) de Juan José Rodríguez (Mazatlán, 1970) suceden en su ciudad natal. Asimismo, todas se caracterizan por ser historias de argumentos novelescos contadas con una prosa extremadamente cuidada, llena de imágenes poéticas que, pese a su abundancia, no frenan el rápido fluir de los acontecimientos. Digo “argumentos novelescos” porque siempre hay en ellos dosis bien medidas de amor, erotismo, aventuras, personajes exóticos, acción, crímenes y soluciones felices. Para ello, el autor trabaja con estructuras o sistemas narrativos provenientes de la cultura popular. Los esquemas narrativos más recurrentes en Rodríguez son los de las historias de amor imposible y de las novelas de aventuras o de misterio que, como todos saben, desarrollan (igual que en las telenovelas o en las películas de acción) una causalidad preestablecida. Cito dos ejemplos estrictamente anecdóticos, por ser los que más frescos tengo en la memoria:

En Sangre de familia (Planeta, 2011) una oscura y oculta mafia de vampiros asiáticos opera en los bajos fondos de Mazatlán, venden cocaína y son asechados por el villano Carlos Goldoni, que desea vengar un antiguo agravio cometido en el barrio chino de San Francisco. Por circunstancias extrañas, un joven mexicano de vida gris y mediocre entra en contacto con el clan de los vampiros, se enamora de la hermana del líder y, como es de esperarse, vive una serie de escollos (persecuciones, balazos, intrigas, asesinatos, problemas familiares) para concretar su amor. Al final los enamorados descubren que son almas gemelas y consuman su unión…
En La novia de Houdini (Océano, 2014), un grupo de extranjeros conformado por magos, cuchilleros y escapistas recorren los pueblos cercanos a Mazatlán. En una pequeña población minera se llevan con ellos a un apocado joven sinaloense que ha de servirles como guía. Para ello, Florissa, la afamada y bellísima novia de Houdini, lo seduce conforme a un plan dictado por el jefe de los saltimbanquis. Se dirigen al puerto y es entonces cuando le revelan al joven sus intenciones: van a robar un diamante mágico que, por rocambolescas circunstancias, pasó de mano en mano desde un lejano templo de la India —recorriendo las cortes de Francia y las filas del ejército español— hasta llegar a una opulenta casa mazatleca. Hay enseñanzas mágicas, homicidios, escapes funambulescos y, como coda, una intrincada red de soluciones para que el joven y Florissa, enamorados, logren escapar juntos.
El esquema narrativo, sobra decirlo, es el mismo de las películas de súper héroes.
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Como dice Ricardo Piglia, el antagonismo entre alta literatura y cultura de masas consiste en que mientras la primera tiene como fundamento la innovación y la originalidad, la otra tiende a repetir modelos y esquemas estructurales. “El problema –concluye Piglia– que se presenta al que trabaja con un sistema narrativo es cómo incorporar a una forma ya estructurada algunos elementos que no pertenecen a ella”. O lo que es lo mismo: cómo volver original y distinto, es decir, literario, artístico, un modelo ya existente. Pienso que en las novelas de Juan José Rodríguez el elemento original o artístico que se inserta es no tanto la complejidad psicológica de los personajes ni el retruécano del periplo –más afín al comic que a las novelas literarias–, sino la extraordinaria calidad de la prosa: historias de vampiros y magos gambusinos (guiño al cine de serie b) narradas con un lenguaje elegante y bello que resulta seductor por el contraste que establece con la trama. Lo cual causa posibles equívocos en la apreciación de su obra al grado de que lo primero que cierto sector del público resalta –guiado por las frases mercadotécnicas de las contraportadas– cuando habla de este autor es el entretenimiento que brota de su pluma y no la delicadeza del lenguaje. Equívoco que, por cierto, el propio Rodríguez parece interesado en mantener ya que en eso consiste –creo– su apuesta literaria.
Ahora bien, después de seis novelas publicadas (todas de la misma índole) y de haber consumado un estilo y una concepción del ejercicio narrativo identificable, considero que el mayor reto que tendría Juan José es crear una novela que no se sostenga gracias a esquemas narrativos preestablecidos; una novela que se levante únicamente por la complejidad psicológica de los personajes, la experimentación formal y una mayor confianza en la urdimbre lingüística, que es su verdadero capital literario. Imagino, por ejemplo, una narración que, para no abandonar el escenario mazatleco, cuente la vida fútil de un vendedor de pescado y que, pese a la carencia de eventos llamativos, resulte apasionante, profundamente humana. En ese tipo de historias yace el verdadero reto de la literatura.
 
***

La imagen de Mazatlán que proyecta la totalidad de las novelas de Juan José Rodríguez es un alucinante y distorsionado fresco tropical donde conviven detectives, narcotraficantes, piratas, magos, contrabandistas, forasteros misteriosos, vampiros: un Mazatlán que no existe y que por eso mismo es fascinante. Nunca ha estado en las intenciones de este autor crear una novela que, como La región más transparente de Carlos Fuentes con la Ciudad de México, se proponga reflejar la totalidad caleidoscópica de su espacio urbano nativo.
               ¿Hay una novela cuyo protagonista sea Mazatlán mismo? La respuesta es sí, se titula Patasaladas (Ediciones Sin Nombre, 2004) y su artífice es Juan Esmerio (Mazatlán, 1965), autor también de varios libros de cuento y de poesía. Se trata de una novela compuesta por breves capítulos que, protagonizados por distintos personajes, no necesariamente están unidos entre sí, lo cual produce un efecto coral que me recuerda la estrategia utilizada en libros como La feria de Juan José Arreola y, precisamente, La región más transparente de Fuentes, donde para dar vida a las múltiples realidades de una población se echa mano de pequeños fragmentos –casi estampas– que retratan momentos inconexos que, de manera global, se leen como una totalidad orgánica, palpitante. Por ello Patasaladas no tiene un argumento unívoco ni una estructura lineal (el final es tan sorpresivo, sugerente e independiente como el principio), lo cual la convierte en una novela moderna y arriesgada. 

          Sin embargo, pensándolo mejor y uniendo los cabos sueltos de la narración, se podría identificar en Patasaladas una historia que bien sirve de hilo conductor: los periplos ordinarios de un adolescente que constantemente funge como narrador, un humilde joven apasionado por la playa, las albercas, las turistas extranjeras y la pesca. Testigo y actor un tanto pasivo de una realidad que gira en torno a la costa mazatleca, este personaje se ve envuelto por el influjo de un ambiente complejo donde convergen intereses y figuras de diversa índole: trabajadores, pandilleros, pescadores, taxistas, empresarios. Forzando un poco la interpretación, no resulta tan descabellado aventurar la idea de que este joven es el símbolo de Mazatlán: despojado en su niñez, junto con su familia, de su hogar privilegiado cerca del mar, tiene que asentarse en los suburbios para dejar paso a los establecimientos de los ricos: su historia es la historia reciente de ciertas zonas de la ciudad, convertidas ahora en lujosos hoteles, campos de golf, clubes de yates…
            Se me ocurre pensar que si existe una larga tradición de literatura marítima (Melville, Conrad, Hemingway…), hay, por el contrario, una pequeña o casi nula literatura playera. En este sentido, Patasaladas merece un lugar de honor dentro de esta hipotética tradición. Pocos libros huelen tanto a brisa, arena y bloqueadores solares con aroma de coco como el de Esmerio, quien a cada momento demuestra su conocimiento diríase enciclopédico en materia de trajes de baño, moluscos comestibles, mareas, peces, aves, albercas, turistas, buceo… Leer esta novela como un manual de uso playero…
          Pero no sólo eso: Patasaladas es, ante todo, un festín lingüístico. Yo no he leído los dos libros de poesía de Esmerio (Mantarraya e Islas de mar y río), pero al sumergirme en las páginas de su novela me di cuenta de que estaba frente a un prosista que viene de la lírica. A cada momento, mezcladas con indiferencia entre la narración, uno encuentra imágenes deslumbrantes y descripciones estupendas. Abro el libro y copio dos, que encuentro al azar: un buzo ve un pulpo y el narrador dice: “La bestezuela extendía, opulenta, sus tentáculos en la piedra como un sultán su abultado cuerpo sobre la alfombra” (p. 20); unos pescadores tiran sus cuerdas al mar y quedan, según Esmerio, “umbilicados al agua por ese tramo de piola que bien podría servir para atar la eternidad” (p. 43). No cito más porque esas frases son multitud como los caracoles marinos que tapizan las rocas de la costa que en el libro se describen.
            Por todo lo anterior, me extraña que la obra de Juan Esmerio no sea muy conocida fuera de la región noroeste del país. Es cierto que no se trata de literatura complaciente ni comercial ­–en ocasiones su prosa, de tintes barrocos, se torna compleja por el lenguaje exuberante, los enormes paréntesis, las digresiones de más de dos páginas–, pero por eso mismo debería tener un lugar más visible dentro del canon mexicano, al lado de escritores como Daniel Sada, con quien, por cierto, comparte varios rasgos estilísticos.

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Para quienes no lo sepan, es hora de anunciarlo: mi más ambicioso proyecto literario consiste en la escritura de un libro de ensayos que aborden el tema del drenaje y las aguas negras desde una perspectiva histórica, literaria y artística. Ya tengo un par de textos redactados y considero que mi investigación se encuentra bastante avanzada. Sin embargo, desde que tuve la idea del proyecto, no he dejado de buscar en mi interior una explicación que justifique el interés quizá mórbido que tengo por los albañales y la suciedad. Hoy, después de redactar estos apuntes mazatlecos, descubro que un antecedente importante se encuentra en uno de mis pasatiempos favoritos de la niñez:
                 Recuerdo que mi hermano y yo, acompañados de otros niños, bajábamos del cerro donde vivíamos en el Callejón del Sapo y nos dirigíamos al mar. La Playa de los Pinitos era la más cercana pero ahí casi no había olas, por lo cual nos aburría ese pedazo de agua que parecía alberca. En la Playa Norte definitivamente no podíamos nadar porque estaba llena de lanchas de pescadores. Por eso caminábamos por el malecón hacia el norte y elegíamos la playa que está bajo el monumento llamado Los Monos Bichis. Ese tramo de playa, justo donde comienza la bahía más grande de la ciudad, es conocido por los lugareños con el bucólico nombre de El Cagadazo, porque en décadas anteriores ahí desembocaba una enorme tubería del drenaje. Recuerdo con nostalgia esas alegres tardes en El Cagadazo, nadando y preguntándome a dónde iba ahora toda el agua contaminada de Mazatlán. Y es que en el puerto, como en todas las ciudades del mundo, el problema de las aguas negras ha sido un verdadero dolor de cabeza para sus habitantes.

               En Grandeza mazatleca, ese accesible libro de historia escrito por Mario Martini que curiosamente se vendía en las farmacias de Mazatlán, se lee que en el siglo XIX, a partir de que el puerto fue abierto para la navegación internacional y el contrabando de metales preciosos se convirtió en una actividad floreciente, la ciudad comenzó a crecer con exceso y, consecuentemente, se padecieron numerosos problemas urbanos:

Era de esperarse –dice Martini– que aquel impresionante auge de la economía regional prohijara el crecimiento anárquico, descuidado y geométrico de una población a la que cada día le resultaba más costoso y difícil instalar servicios públicos elementales: había que traer el agua desde el río Presidio; construir un complejo sistema de drenaje para bombear hacia el océano los ríos de aguas negras que corrían sobre las calles; y ganar terrenos al mar, lagunas, esteros y marismas para construir viviendas, muelles y casas comerciales.

Me impresiona la frase “bombear hacia el océano los ríos de aguas negras que corrían sobre las calles”. Pero la pesadilla pestilente apenas comenzaba. Apunta Martini:

En medio de esa anarquía, el 4 de mayo de 1890 se echó a volar el sueño de la gran ciudad: llegó al puerto el agua entubada, una maravilla técnica que eclipsó el asunto del drenaje. Embriagados por una obra de tal envergadura, los constructores pasaron por alto que al aumentar el consumo de agua se incrementaría directa y proporcionalmente el volumen de aguas negras.
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La bahía

Ese siglo y todavía parte del XX estuvieron marcados por las llagas de los azotes epidemiológicos. La insalubridad de las omnipresentes heces, radicalizada por las altas temperaturas del ambiente, atrajo al cólera morbus, la tifoidea, el paludismo, los múltiples trastornos intestinales y la fiebre amarilla, que cuenta entre sus víctimas más famosas a la célebre cantante de ópera Ángela Peralta, quien antes de fallecer en Mazatlán (1883) había conquistado los más reputados escenarios europeos. Sea como sea, más de un siglo ha pasado y el problema del drenaje continua. ¿A dónde si no es al mar desemboca la podredumbre mazatleca, enfermando a los peces y a los bañistas? Los únicos que cambian son los métodos de expulsión: ahora se utilizan grandes ductos subterráneos que terminan lejos de la vista de los turistas y de las playas más concurridas.
                  Mi fotografía favorita entre las que se pueden ver en el libro de Martini es la que, en blanco y negro, muestra, en Olas Altas, a dos hombres con sombreros que cargan entre ambos un pesado barril que llevan hacia la playa. El pie de foto dice: “Al incrementarse el consumo de agua potable se duplicaron las descargas de aguas negras. A falta de drenaje, los mayates siguieron arrojando el excremento al mar”.
                    La historia es la de siempre: ensuciamos lo que más amamos, esa imponente y sublime masa acuática creadora de los más sorprendentes leviatanes acerca de la cual José Gorostiza dijo:

A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.